Vacaciones inesperadas

Cuando era pequeña iba a Marruecos todos los veranos con mi familia. Estaba contenta de volver a mi segundo país, ver a mi familia y disfrutar la casa grande. Poder ir a la playa, salir hasta la madrugada para evitar el calor. Mis padres construyeron una casa en la ciudad de Meknés aunque no fueran originarios de allí. Soy beréber y hablo tanto la lengua de mi etnia como la lengua oficial del país: el daría. Pero para mi madre no era suficiente. Entonces, aquel verano decidió pasar dos días en su campo natal para que mis hermanos y yo lo conociéramos. 

Aquellos dos días cambiaron mi manera de ver el mundo para siempre. Primero, para salir de la ciudad tuvimos que tomar el coche y después un caballo para cruzar un camino lleno de tierra y de agua. Después de un trayecto largo, llegamos y quise ir a los servicios. Pregunté a mi mamá dónde estaban. Su respuesta fue nítida: « no hay hija, tienes que hacer tus necesidades en la naturaleza ». En un fragmento de segundo, pensé que era una broma.

Las casas no eran como en Meknés, la primera ciudad que conocí de Marruecos. Las piezas no tenían puertas como si fueran cabañas con unos colchones para sentarse. Y en aquel momento, se me ocurrieron miles de preguntas: ¿Cómo la gente puede vivir aislada así? ¿Por qué parecen felices mientras yo quisiera llorar por no tener el confort que suelo tener? Por otro lado, ahora me digo que es difícil extrañar algo que no se conoce.  

Me quedaban dos días antes de volver a encontrar la vida que quería tanto. Solo una cadena funcionaba en la tele e Internet era un sueño. ¿Qué hacer? Mirar a los abuelos y a las tías ordeñar las vacas, ir a buscar agua a los pozos. Después de la llamada para la oración, toda la familia se reunió para cenar. No había luz. ¿Cómo se puede comer sin luz? Dios me oyó y la tía de mi madre llegó con una botella de gas y una bombilla. La colocó en el suelo, en el centro del comedor. No había mucha luz pero era mejor que nada. Quería que los días pasaran rápidamente para poder irme. Recé con todas mis fuerzas para no ver pasar las horas. Después de cenar, hablé con mi abuelita . Ella quiso saberlo todo: mis estudios, cómo era la vida en Europa. Cuando se lo conté, no me creyó. Según ella, mi vida se parecía a la de las películas. Yo le pregunté sobre la vida en el campo y por qué aquel año la veía allí y no en la ciudad donde ella solía pasar las vacaciones con nosotros. Me explicó que era una idea de mi madre para que conociera al resto de mi familia y descubriera mis raíces. Hoy en día, sigue siendo un recuerdo traumatizante. Aquellos dos días parecían como diez entre risas y lloros, todos los sentimientos se mezclaban en mi cuerpo. Antes, el país de mis padres se resumía a broncear y hacer turismo.

Ahora, entiendo la voluntad de mis padres de ofrecernos una vida mejor. Al lado de sus problemas y las condiciones de vida que siguen teniendo hoy en dia, mis problemas parecían fútiles. Yo vivía como una privilegiada que ignoraba la propia historia de su familia. La vida que tengo es un sueño para mucha gente: tener acceso a la escuela, saber leer, poder viajar.  Además de conocer mejor mis orígenes, el respeto para mis padres se había multiplicado. ¡Qué valentía dejar a su familia y su país para construirse otra vida y ofrecer a sus hijos todo lo que no habían tenido!

Nací en Marruecos pero por cuestiones de pobreza y de miseria, decidí irme a Francia en busca del sueño europeo. Allí, empecé como empleada en un hospital donde distribuía la comida, lavaba a los ancianos. Ahora querría evolucionar como auxiliar de enfermería, por eso he vuelto a la escuela. Antes, iba con mi familia a Marruecos todos los veranos pero mis hijos no conocían el mismo país que yo. Para ellos, aquel lugar era sinónimo de felicidad con la playa y el calor mientras que para mí era sinónimo de tristeza y de falta de dinero. El elemento que me impulsó a tomar aquella decisión fue un día en que volví de las compras y mis hijos gritaron porque no había comprado la buena marca de cereales. No tenía aquella suerte a sus edades de poder comer lo que quería. Cuando había carne en la mesa, era una gran día de fiesta. A veces, me decía que mis hijos no sabían nada de sus orígenes, excepto Nora que es la única de los tres que domina el árabe y el chleuh (la lengua de nuestra etnia). Decidí cambiar las cosas llevándolos a pasar dos días en el campo de mi niñez. Cuando llegamos, Yanis lloró cuando se enteró de la ausencia de Internet.  Al ver su cara me burlé de ella. Sabía que iba a reír pero de verdad no tanto. Hoy en día, cuando pienso en aquellos días, me río todavía pensando en su inocencia. Mis hijos me veían como una alíen cuando les confesaba que estaba contenta de volver a aquel lugar después de haber conocido « la vida real » como ellos decían. Aquella estancia era también emocionante porque Nora, la mayor de mis hijos, tomó conciencia de la vida de sus abuelos. Fui orgullosa cuando vi la conversación entre ella y mi madre. Siempre ellas tuvieron una buena relación y, gracias a aquel fin de semana, su relación se volvió aún más fuerte. Logré mi objetivo: hacer descubrir otra faceta de mis orígenes. 

Nora Essalhi

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