Duelo y fotografías

Lo perdido (2019) es un documental que nos obliga a interrogarnos sobre la historia de nuestros padres, nuestra familia, nuestro país. En 84 minutos no dejamos de pensar en todas esas historias que se perdieron cuando nuestros seres queridos dejaron de respirar y en los recuerdos que se quedarán después de nosotros.

En un documental más que nada personal, pero también de alcance nacional, el director español Santiago Solera intenta descifrar la historia de su familia a partir de recuerdos, fotografías y relatos de los que aún están. Todo comienza cuando su madre, María, muere y decide contar su historia, la cual se entreteje con la de su tía abuela Regina y la de su padre. Las coincidencias de la vida deciden que su familia haya sido española y que al tratar de contar su historia cuente también la de España.

Sin duda, Lo perdido retrata la vida de muchas familias en “un país donde a la gente se les ha negado hasta el duelo.”

Filmado en su totalidad con una cámara antigua heredada de su abuelo, el director nos acerca un poquito al pasado que quedó capturado en las fotografías de su familia. La trama puede parecer tediosa y el final un poco repetitivo pero es como la vida misma: las historias se repiten, recordamos, volvemos al principio. Es un largometraje al que hay que dedicarle tiempo y la mejor disposición para entenderlo, pero no por esto deja de ser un buen documental; tiene una forma muy sutil de enlazar todas las historias que en él se descubren.

Reconstruir los lugares que fueron capturados

Santiago Solera hace un viaje a todos esos lugares en donde sus familiares decidieron plasmar instantes, lugares donde sus padres vivieron una complicidad que sus hijos nunca podrán conocer, y se imagina, junto con su hermano, lo que pudieron estar pensando y sintiendo los difuntos en aquellos instantes capturados por la fotografía.

Reconstruye con las palabras e imágenes del presente, lugares donde Republicanos heridos eran curados, donde los huérfanos de la dictadura eran felices con la realidad que les tocó o campos donde cientos de personas pronunciaron sus últimas palabras, donde suspiraron una última vez. De una forma muy ingeniosa se relata la guerra que no se mostraba en las fotografías familiares.

Fotograma del documental de Santiago Solera

Memoria colectiva

Cartas, fotografías, postales, un carné del colegio, anécdotas, recuerdos borrosos, vivencias… Todo esto es lo que arma el documental. El gran trabajo de colección de archivos que hay en esta filmación es una de las cosas que lo hacen tan excepcional. Abrir la intimidad de una familia a un gran público como lo hicieron el director y su hermano Raúl, es algo que se debe respetar y al mismo tiempo agradecer pues ayuda a darse cuenta de que el duelo por la pérdida de seres queridos se vive generalmente de la misma manera, y lleva a las mismas preguntas; ¿De dónde vengo?, ¿Qué va a pasar ahora?, ¿Le dije suficientes veces que le quería?

Durante todo el documental se traen a la luz esas imágenes tan presentes en la memoria y se cuestiona su procedencia. No se sabe si son hechos que se vivieron de primera mano o si fueron historias, la imaginación, las impresiones al ver una fotografía de la lejana infancia. Lo que el director resalta es la historia personal construida con la memoria colectiva. Es decir, la memoria de todos los que han coincidido en la vida.

Sin duda, Lo perdido retrata la vida de muchas familias en “un país donde a la gente se les ha negado hasta el duelo.”

Cartel de Lo perdido ©Premios Goya

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