Se pasa una página…

20 de abril de 2022

Hoy he decidido elegir el más bonito de mis bolis para contrastar con mi vida catastrófica. En estos tiempos, no me siento tan bien, reflexiono mucho. Sí, ya no estoy con Sebastián. Mis padres se preocupan mucho por mí: no quiero comer, no quiero hablar con mis amigos, siempre escucho canciones tristes (gracias a Olivia Rodrigo y Billie Eillish por existir). No dejo de pensar en la película de nuestra historia. Por eso, necesito rebobinar desde el principio.

Recuerdo nuestro primer encuentro como si fuera ayer. 11 de marzo de 2021, cumpleaños de Juan. No conocía a casi nadie. Me quedaba en mi rincón y canturreaba “Peaches”, el nuevo sencillo de Justin Bieber. Sí, me aburría hasta que él viniera a hablarme. Era alto, esbelto, tenía una mirada penetrante con sus grandes ojos verdes: un verdadero apolo. Era tan amable, tan atento, no quería dejarle. Al escribir estas palabras, tengo el corazón que late a mil por hora de quererlo tanto. Pero, al mismo tiempo, me doy cuenta de que todo está terminado. Una mezcla de amor y pena creo.

He tenido que cortar esa relación esta mañana. ¿Por qué? Acabo de enterarme que me ha puesto los cuernos. ¿Y sabes con quién? Con Marta, la tipa que invitaba a mi casa, con la que me reía mientras ella tenía un rollo con mi novio. La odio. Los odio. Afortunadamente, puedo confiar en Ana, la hija mayor de mis vecinos. Para levantarme el ánimo, me lleva a un lugar que no conozco yo. No tengo ninguna información excepto que tengo que poner zapatillas de deporte en la maleta (que justamente acabo de terminar). Me monto en el coche y dirección lo desconocido.

Miro el paisaje que nos rodea a través de la ventanilla pero no reconozco nada. Hay grandes espacios verdes con un montón de árboles. Nadie en la carretera. Ningún ruido. No estoy acostumbrada pero me mola mucho. Este silencio me permite concentrarme en mi ser y mi salud mental. De repente, lo entiendo, lo entiendo todo. Ana me lleva al campo para cortar con mi mundo habitual y que deje de estar pendiente al móvil (no dejo de ver las fotos de Sebastián conmigo, no llego a pasar página creo). Y, sinceramente, pienso que es una idea fantástica.

Han pasado dos horas, hemos llegado a la finca de sus abuelos. Muebles de madera, falta de cobertura, sábanas que se parecen a las de mi bisabuela: sí, estamos en el campo y voy a poder cuidar de mí mismo (por fin). Un lugar tan caluroso que me he sentido directamente tranquilizada. Apago el móvil y todos los objetos electrónicos para disfrutar plenamente con mi amiga. Durante demasiado tiempo, he pensado en los demás. Ahora, necesito pensar en mí y aclarar la mente. 

Ya anochece. Andamos por el campo, ella quiere que yo descubra este lugar apacible y agradable. Apenas cinco casas, casi parece una ciudad fantasma. A lo lejos, veo como un gran lago. Curiosa, corro como una loca para verlo con mis propios ojos. Y no estoy decepcionada. Un lago centelleante en el que están varios cisnes. Tengo mucho miedo de este tipo de pájaro aunque los encuentre majestuosos con sus alas grandes (soy una admiradora del Lago de los cisnes que tuve la suerte de ver tres veces). La luna ilumina los sauces llorones. Me creo en un dibujo animado de Disney, el paisaje corresponde casi al de Pocahontas. Estoy completamente desconectada. La tristeza que había invadido mi cuerpo acaba de dar paso a un sentimiento de alegría y felicidad. No pienso en nada, excepto en la pasta carbonara que me voy a comer (mi plato preferido como todo el mundo ya lo sabe).

21 de abril de 2022

Me despierto a las seis de la mañana. Por culpa del canto del gallo. Había olvidado aquel detalle de modo que dormimos con la ventana abierta. Estoy un poco cansada pero lista para vivir otro día de tranquilidad. Los ruidos del tractor del abuelo de Ana resuenan. Se me ocurre una idea fantástica: probar la máquina. Estoy riendo a carcajadas, no paro de hacer tonterías. No sé manejar el volante así que el tractor sale en todas las direcciones, todos se burlan de mí (incluso yo misma). Me siento viva: ya no tengo el corazón en un puño y el estrés ha desaparecido completamente. Volvemos al lago que descubrimos ayer para relajarnos. Es realmente un lugar mágico en el que se desprende un ambiente muy zen. Tengo los ojos llenos de luz. Me acuesto en el césped, cierro los ojos y escucho el canto de los ruiseñores (mejor que el de la mañana). Un canto que me deja con la boca abierta y que me da un gran impulso para enfrentar el futuro. Es asombroso el impacto que puede tener la naturaleza en nosotros. 

En este momento, con los ojos cerrados, reflexiono y me doy cuenta de varias cosas. Primero, me siento muy afortunada de tener a una amiga como Ana en mi vida. ¿Qué haría sin ella? Pocas cosas. Siempre está a mi lado tanto en los buenos como en los malos tiempos. Luego, el campo no es tan horrible. La naturaleza permite olvidar los problemas, revitalizarse y descubrir los placeres sencillos de la vida. Ahora, gracias a Ana, sé que tengo que seguir adelante. Sin ella, nunca lo hubiera sabido. Estoy impaciente por ver lo que me ha preparado para mañana. 

Maxime OUNADJELA

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