Una notable llegada al campo

Cuando era pequeña, viví un año en el sur de Francia, en un pueblo llamado Fleury d’Aude. Era la casa de mi abuela, situada en una callecita tranquila. Los habitantes de las casas de al lado se mostraron muy curiosos ante esta repentina llegada de una familia parisina, que había venido a vivir a una casa que normalmente sólo se ocupaba los veranos. Nos miraron desde la puerta de su casa mientras sacábamos los muebles del camión. Eran sospechosos, de estos antiguos vacacionistas que habían venido a instalarse Me alegré mucho de volver a esta casa de la que tenía tan buenos recuerdos. Tenía un dormitorio en el piso de arriba que compartía con mi hermana pequeña y mis padres ocupaban el dormitorio de al lado. Era la primera vez que vivía en una casa, que me parecía enorme. Tenía 5 años en aquella época y algunos recuerdos permanecen en mí, como la pequeña entrada con una mesa grande de madera auténtica para comer y el antiguo aparador. A la izquierda estaba el salón, la mesita de madera que sigue en la casa de mis padres hoy en día; un sofá marrón y antiguo que pertenecía a mis bisabuelos estaba situado a la derecha, un desgastado sillón con rayas blancas y rojas, y esta chimenea de ladrillo donde me encantaba calentarme. La cocina era muy grande y el techo muy alto. En el piso superior estaban los dormitorios y el baño con el aseo separado. Todavía recuerdo la disposición exacta de las habitaciones e incluso el olor que reinaba allí, húmedo y viejo. Durante ese año me lo pasé bien, a pesar de estar muy enferma. La casa necesitaba obras y la humedad me causaba problemas respiratorios, pero no conservo de ello ninguna impresión negativa. La casa no tenía jardín, pero los caminos eran tranquilos y pasaban muy pocos coches, así podíamos jugar fuera con seguridad.

Fui al parvulario, donde tenía muchos amigos y una profesora maravillosa. No recuerdo dónde estaba situada la escuela, y además tengo imprecisos recuerdos de mi profesora. El pueblo era pequeño, al final de la calle donde vivíamos había una plaza con el ayuntamiento, y una tienda un poco más allá. También había una iglesia cuyas campanadas se oían muy bien. La panadería estaba situada al final de la calle donde vivíamos. Por las tardes de verano, cuando salíamos a pasear en familia, mi padre nos llevaba a un lugar donde mi hermana pequeña y yo teníamos que elegir el camino correcto para volver a casa. Nos divertíamos mucho, me sentía como en un laberinto.  Además, cuando queríamos ir de compras teníamos que coger el coche. Lo mismo ocurría cuando queríamos ir a la playa. Pero el camino era agradable porque se oían las cigarras y los grillos. Los campos se alineaban en las carreteras, especialmente los viñedos si me acuerdo bien.

Siempre recordaré el momento en el que se podía ver toda la extensión del mar desde el interior del coche, porque la carretera estaba en pendiente, como si estuviéramos en una montaña y pudiéramos ver el mar a nuestros pies. Por la noche, en la avenida principal cerca de la playa, estaba el mercado nocturno, era muy grande y ocupaba toda la avenida situada entre los restaurantes y la playa. Es uno de los mejores y más bonitos mercados en los que he estado. Había de todo, desde puestos de joyería de diseño, pinturas, artesanía y muchas otras cosas. Era muy agradable para pasear después de una comida en casa o después de un buen restaurante.

Toda esta nueva vida en el campo duró un año, antes de trasladarnos de nuevo a la región parisina por el trabajo de mis padres.

Nunca volvería a ver esta casa.

*****

¡Cuánto ruido!

Miro por la ventana para ver qué es lo que perturba mi paz y tranquilidad esta tarde. Con todo este ruido, es imposible dormir la siesta tranquilamente. Pero, ¿qué es este camión? Veo a estas personas descargando sus cajas y maletas. ¡Gente de fuera del pueblo! ¡Otros parisinos! ¡Ah! ¿Qué hacen aquí? ¡Esta casa no está ni en venta ni para alquilar, que yo sepa! Por curiosidad, voy a bajar para ver qué pasa, para verles mejor la cara. Una vez fuera, los veo ir y venir por la casa. ¡Parecen conocerla bien! El hombre, el padre de las dos niñas, no me parece desconocido. Las dos pequeñas, corren por ahí cogiendo sus cositas. Normalmente nadie viene a esta casa, ¡me parece extraño que estos parisinos la conozcan tan bien! Sigo observándolos hasta que la madre me saluda. Le contesto amablemente y le pregunto qué hacen aquí. Su marido me contesta que vienen a instalarse en la casa de sus padres. Conocí bien a sus padres, especialmente a su madre, que era una mujer del pueblo. Por eso conocen tan bien la casa, y por eso la cara del padre me suena. Pero estoy segura de que no se quedarán mucho tiempo. La vida en el campo, en nuestro pueblo, no es tan fácil como vivir en la ciudad. No tardarán en arrepentirse de haber venido aquí. Y los extranjeros que no saben nada de nuestra vida no pueden integrarse tan fácilmente. Sus comportamientos no serán del agrado de personas tan sencillas como nosotros. Esto va a tener consecuencias en el pueblo. No van a pasar desapercibidos. Pero quizás me equivoque… Cuanto más los observo, más me parece que son personas buenas y civilizadas. Puede que vayan a respectar nuestra paz y tranquilidad. Ya veremos con el tiempo si me da o no la razón. En definitiva, es el hijo de una vieja amiga. Todo lo que puedo decir por ahora es que sus hijas son adorables.

Clélia Met

Votre commentaire

Entrez vos coordonnées ci-dessous ou cliquez sur une icône pour vous connecter:

Logo WordPress.com

Vous commentez à l’aide de votre compte WordPress.com. Déconnexion /  Changer )

Image Twitter

Vous commentez à l’aide de votre compte Twitter. Déconnexion /  Changer )

Photo Facebook

Vous commentez à l’aide de votre compte Facebook. Déconnexion /  Changer )

Connexion à %s

Ce site utilise Akismet pour réduire les indésirables. En savoir plus sur la façon dont les données de vos commentaires sont traitées.

%d blogueurs aiment cette page :