Portavozas

Irene Montero, representante ante la prensa del partido Unidos Podemos utilizó la palabra portavoza como femenino de portavoz. El inesperado vocablo erizó cabelleras (para los que aún las tienen abundantes), suscitó algunos amagos de soponcio y alborotó no pocas sobremesas en España. Montero se defendió afirmando que Ya son demasiados los siglos en los que el lenguaje se utiliza como instrumento para perpetuar el machismo en las sociedades. La mayoría de idiomas usan el masculino para referirse a la otra mitad de la población.

El País la calificó de lapso en su pasión por defender los derechos de las mujeres, señaló su empleo como una aberración gramatical, patinazo lingüístico y se dio el gusto de mirarla por encima del hombro diciéndole que no le vendría mal vivir, como (Pedro) Salinas, en la gramática. Le siguió un párrafo pedagógico sobre la poco comprendida – o totalmente ninguneada – labor de la Real Academia Española. Incluso el diario La Razón fue menos virulento, hasta rozar una discreta elegancia: desdoblamiento gramatical, errónea acepción, “gazapo”. A continuación, recordaron algunos intentos según ellos fallidos de introducir sin éxito, un lenguaje feminista. Adriana Lastra, vicesecretaria del PSOE la defendió diciendo que el lenguaje también avanza con la sociedad. Pablo Iglesias, compartió una acepción de la palabra “fácil” por parte de la RAE en la que la mujer se presta sin problemas a mantener relaciones sexuales. La institución aludida señaló que el sustantivo portavoz es común en cuanto al género.

Su humilde servidor piensa que el lenguaje está para jugar con él, para crear, para moldear, para sanar, quebrar, incendiar. Las palabras no están vacías, tienen un contenido, un peso, carga eléctrica. A veces vienen con toneladas de sentido que nos aplastan. También es político, expresa y ejerce el poder. Por eso será instrumento de quienes lo detentan en una sociedad atravesada por numerosas fracturas y jerarquías que sirven a quienes están en la cúspide.

En ese movimiento, las palabras se renuevan, son atacadas y transformadas para emanciparse. Revolución pasó de significar un giro completo al derrocamiento de un sistema opresor. Si el lenguaje oprime, será transformado para incluir a los excluidos e invisibles.

Hoy discutimos sobre las palabras en masculino y femenino. Les hemos dado género a las palabras. Nuestras lenguas romances son binarias. Escuchamos muy seguido hablar de las mujeres como la otra mitad del mundo ¿Cuántos seres humanos deja fuera el lenguaje? Creo que es inevitable y necesario cuestionar nuestro lenguaje y crear, crear jugando, fastidiando y crear liberando.

Seguramente que seguiré escribiendo por un buen tiempo en masculino pues es lo que me sale primero, así, sin maldad, ya está. Me ahorra tiempo y tinta china. Las grafías inclusivas aún me marean. ¿Soy un “puto machisto”? Seguro, todavía. Pero ¿a quién no le toma un poco de tiempo aprender nuevas lenguas?

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