Handia : Chata película sobre el gigante

Dos directores necesitó esta producción a gran escala que llevó casi cien mil espectadores a las salas españolas. Handia de Aitor Arregi y Jon Garaño es la tercera película de la sociedad Moriarti y se ha convertido en la película vasca (y hablada en vasco) más vista de la historia. Fue finalista en la categoría de mejor película de los Premios Goya, donde los realizadores se alzaron con el galardón de mejor director. Hasta allí las grandezas.

La película está basada en la vida – poco documentada pero muy salpicada de bulos- de Joaquín Eleizegi, el gigante de Altzo, pueblecillo de la provinica de Gipuzkoa, País Vasco. Su hermano Martín parte (léase es llevado a la fuerza) a luchar en las guerras carlistas, que enfrentaban a las fuerzas absolutistas y liberales del atribulado reino de España en la primera mitad del siglo XIX. Al volver a su pueblo sin un real en el bolsillo, Martín se da con la sorpresa del estirón de su hermano. En un exabrupto de moderna imaginación mercantil, Martín llevará a Joaquín por Europa (occidental) para amasar el vil metal gracias al entusiasta voyerismo pequeño burgués.

Los hermanos representan las dos caras de la misma moneda, de la familia decimonónica que debe hacer frente a los cambios políticos y sociales. La modernidad es simbolizada en Martín por su sueño de hacer las américas. Joaquín – que desea la mullida seguridad que solo da lo invariable – crece desmesuradamente, se agiganta; su vista amenaza, apabulla y machuca. Su desmesura está destinada a atrofiarse, desvencijarse y dislocarse. La triunfante ciencia moderna arrancará sus despojos a la muerte para inmortalizarla como objeto de estudio. El mundo parece incólume pero bajo esa superficie, el mundo sigue cambiando dice la voz de Martín sobre las imágenes invernales de la geografía vasca.

Los cambios y la inamovibilidad que pretenden encarnar los hermanos son puro hueso. Son personajes achatados, enclenques, limitados al intercambio inútil de algunas frases que faciliten el paso a la siguiente secuencia. Las sacudidas de la historia parecen no moverles el piso y menos la afinidad del espectador. El relato cronológico, vetusto y las escenas esquemáticas alargan la agonía tanto del antiguo régimen como de la puesta en escena.

El filme se va elongando así de manera descomedida. Largas tomas de bellas imágenes de parajes naturales muestran tanto la calidad técnica de los cineastas como su parvedad dramatúrgica. La reconstitución de la época es tímida, lo justo y necesario para que parezca. El ritmo repetitivo y alongado de las escenas remata con una música de notas redondas y el resonar de unas campanitas capaces de quebrar por su insidia lo imperecedero. Admitámoslo, Handia, ha tenido una acogida desproporcionada.

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